martes, 6 de julio de 2010

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BESTIALIDAD FAMILIAR

No podía salir de la habitación porque había algo que lo atormentaba, no sabía muy bien qué era, cómo se movía o bien qué comía, pero los sonidos que hacía como de rechinante patrón, o de autoritario monarca, lo dejaban atónito y tumbado de rodillas al lado de su cama. Él era la cabeza de baba, y como baba la luz que pasaba todos los días por su ventana se hacía tan monótona, que incluso la inservible transparencia de sus ojos, reflejaban un destello mas a las paredes que siempre miraba, una y otra, de forma tan seguida.
Cuando se levantó un día con la disposición de al fin salir a la calle, dejar atrás el miedo y deslizarse por el pastizal de afuera, se dijo: Coraje, coraje, y se arremango hasta donde pudo la camisa a cuadros, se enredó bien los zapatos para pisar firme, y como quien es aventado por un ventarrón tan fuerte de agosto, salió disparado por la puerta hasta el pasillo que conducía a las escaleras para llegar al piso inferior. Todo iba bien, y hasta sentía optimismo, valentía y vida; al estar en la primer planta, vio la puerta cerrada, extendió los brazos como en una competencia olímpica y justo antes de que tocara el metal de la puerta, el sonido de unas llaves lo alertó y se dijo: Ya está aquí, ya está aquí. Subió mas rápido que como bajo, y se encerró de nuevo echando el debido candado a la puerta de su habitación.
Los dong dong de los pasos que subían la escalera eran uno de esos tormentos tan comunes en el transcurso de su vida, al mismo tiempo que escuchaba el eco de esos pasos gigantes al subir los peldaños, sentía una inevitable sensación neurótica de que alguien detrás de su cabeza se balanceaba con un martillo en la mano dispuesto a despedazarle su craneo brillante. Pero no, los pasos subían, se detenía un poco, y en la estaticidad se escuchaba una respiración, ni agitada, ni calmada, un intermedio de bestia apacible todavía, esa respiración le indicaba que en pocos minutos se cerraría otra puerta y el peligro inminente, al menos el realmente inminente, cesaría. Esto ocurrió y cayó escurrido hasta el suelo sintiendo una mezcla de alivio y desilusión.
Cuando tenía hambre no podía hacer mucho sino esperar, y escuchaba, muchas veces con la luz apagada, por que en la oscuridad el oído se despierta, y escuchaba siempre la respiración a través de las paredes, cuando ésta estaba medio apagada, salía pasito a pasito, sin zapatos, con medias y bajaba la escalera confiando en la suerte de su navegación. Estando en la planta de abajo se decía: Tal vez se le olvidó, tal vez se le olvidó, y caminando directamente hasta la puerta echaba el mismo vistazo de rutina que todas las noches casi a esta misma hora echaba, ese que le indicaba que la puerta estaba cerrada con llave y candado y que era imposible salir a menos que rompiera un vidrio, azotara el metal y se escurriera a través de los barrotes.
Llegar a la cocina era como caminar por una jungla, por una selva carente de oxigeno, contaminada por los hedores de la comida vieja, y por el sonido constante de la llave goteando. Cuando estaba allí tanteaba con las yemas de los dedos encima de las repisas, no podía prender la luz porque esto alertaría al dormido y tendría que correr por su vida de nuevo hasta el agujero de su habitación, por esto recorría a oscuras con sus manos los restos de comida, palpando algún pedazo limpio y comestible. Algunas veces tenía suerte, pedazos de carne limpios, arroz servido, y hasta papas ordenadas en las ollas, otras veces no tanta, un hueso a medio roer, un limón arrojado en un rincón , la mitad de un pan tajado que se metía con rabia a la boca.
Después iba al estudio, miraba, aun desde la penumbra, los estantes de libros en busca de alguna novedad, y al no encontrarla levantaba el teléfono buscando un tono que nunca encontraba. El computador estaba apagado, estático, casi apolillado y con telarañas en los costados; no podía encenderlo porque al ser viejo, el motor del ventilador sonaba como una turbina y la alerta del ruido lo haría levantarse con rabia, con los puños secos y él no tendría nada mas sino quedarse en un rincón y esperar lo peor, por esto nunca prendía el computador, lo dejaba ahí, hasta podía sentir como las cucarachas se comían los cables, y cómo las arañas se volvían casi que un poco digitales al estar escondidas entre los chips y procesadores.
Debilitado por una rutina tan asqueada, subía de nuevo con sumo cuidado, contando cada paso en cada escalera, y cuando de memoria había recorrido todos los escalones y se encontraba en la planta superior, caminaba por el pasillo, entraba al baño dejando entreabierta la puerta y orinaba un poco, sólo un chorrito y sólo por el borde para no hacer tanto ruido, no podía sacar el agua al terminar por esto dejaba todo como estaba y siempre en la penumbra regresaba a su habitación, se encerraba con candado, y al fin podía encender el diminuto bombillo de su lámpara de estar.
Las mañanas eran casi siempre las mismas, él no podía dormir muy bien de noche por esto, después de revolcarse entre sábana, cobija y pesadilla a medio venir, desesperado por la constante vigilia comenzaba a imaginar cosas atroces, tristezas indefinidas para con él mismo , sufrimientos todos que, parecidos a torturas, le hacían doler las uñas de los dedos, los vellos de las piernas, y hasta le dolía tragar saliva por que la sentía con espinas pasando por la garganta. Dormía muy tarde, por esto también se levantaba tan tarde, y la bestia ya se había ido, sin que él se diera cuenta, pero seguro había dejado a sus otros guardianes, por esto, despegaba con cuidado el seguro de la cerradura, y caminando a paso lento a través del pasillo, deducía la ubicación del otro guardián que, suponía, debía estar arreglando el cubil desordenado por el trajín inconsciente del día.
No se había equivocado, el guardián estaba arriba, en la habitación de la bestia, tal vez, tendiéndole la cama, o arreglándole las infusiones que necesitaba respirar todas las noches, por esto aprovechó que el sirviente estaba ocupado preparando las medicinas de la bestia y bajó hasta el primer piso. Ni siquiera miró la puerta principal, porque sabía que estaba cerrada, sólo se aferró al mango de la nevera, y haciendo un enorme esfuerzo pudo abrirla viendo dentro de la misma, rodeado por la bruma helada que salía de adentro, unos huevos, queso, y varias botellas de leche. Desayunaba sentado, o acurrucado, costumbre que había adquirido de manera inconsciente para prevenir cualquier golpe imprevisto, él argumentaba para sí mismo, de forma casi que esperanzadora, que desayunar en esta postura estrellada, producía numerosos efectos benéficos en la digestión, y pensando en que esto era cierto, devoraba su desayuno ocupando el menor espacio posible en ese rincón que siempre elegía junto al computador del estudio.
A veces pensaba que debía matar a la bestia, agarrar uno de los enormes cuchillos de la cocina, escondérselo en el pantalón, llevarlo a su cuarto y esperar a que llegara la noche. En la noche, pensaba, debía esconderse en el pasillo, cerca a las escaleras, y al escuchar la respiración bestial, lanzarse con todas sus fuerzas, con el metal en alto, y hundírselo en el estómago. Algunas veces lo intentó, pero al agarrar el cuchillo por el mango, éste se hacía tan pesado que sus hombros se doblaban y no podía moverse ni dos metros cargando el peso del metal junto con el de la culpa.
Esa noche miró por la ventana de su habitación, y se dijo a sí mismo: Ya llega, ya llega. Pensó que debía romper el vidrio de la ventana, y al recordar lo que había pasado la última vez que lo intentó, sintió un terrible escalofrío y un temblor que lo dejó casi que hecho añicos al lado de su cama. Al mirar por la ventana, al verse reflejado a miedias en el vidrio que lo separaba de afuera, sintió, sin saber porqué que esta sería su última noche, que no podría escapar, y que debía luchar o de una vez morir. Se armó de valor, de nuevo se armo de valor, y el pecho se le infló, y en los ojos le corría la sangre cada vez mas rápido, y en los labios, sus dientes rechinaban por que deseaban despegarse de los nervios. Agarró una tabla de su cama, y dejando todo desordenado bajó con paso brusco, en el piso inferior fue directo a la puerta de salida, y ubicándose justo al lado esperó, esperó, y se dijo: ya viene, ya viene. Y se dijo de nuevo: Hoy será , hoy será.
Esa noche, la bestia no llegó, no se escuchó su respiración ni sus pasos, y con una extraña mezcla de desconcierto y desilusión subió de nuevo a la planta superior, entró al baño dejando la puerta entreabierta y en la misma penumbra de siempre, defecó a medias y con miedo. Estando en su habitación se encerró esperando que el sueño le llegara y que la mañana le indicara otra vez otro comienzo. Lo levantaron unos gritos, los gritos de los guardianes que decían entre rugidos y maullidos excitados, que al patrón lo habían matado en algún lado, y él se dijo: Pero quien, pero quien. Él escuchaba atento, revisó el seguro de su habitación, echó un pequeño vistazo por la ventana y sólo vio el mismo prado de pasto crecido y echado a perder, tampoco escuchó ninguna respiración, ni siquiera la de él mismo, y se dijo: Pero donde, pero como.
Los guardianes golpeaban todo, techo, paredes, suelo, porcelanas, metales, y rasguñaban con furia, él sentía verlos rencorosos por medio del eco de los ruidos que hacían de esa manera tan escandalosa. Cuando todo paró, los guardianes azotaron la puerta de salida, y con un sonido metálico supo que estaba solo, muy solo por primera vez. Abrió con cuidado la puerta, camino con precaución a través del pasillo, bajó por la escalera contando cada escalón, miró la puerta de salida y para su sorpresa estaba entreabierta, el corazón le latía fuerte, como una bomba, fuerte como el motor del ventilador averiado del computador. Caminó ,como si no supiera qué hacer, en dirección a la puerta de salida, vio una línea de luz tan fina pasando por aquel huequito, y la vio sin vidrio, sin cristal y tan clara que sintió un miedo indescriptible, y temió la libertad, la rotura, el desgarro de la rutina.
Dio una zancada, y usó el pretexto de una caída para cerrar con estrépito la puerta mientras caía rodando hacia un rincón, se levantó y maldijo a medias su supuesta mala suerte, intentó abrir la puerta pero ya estaba cerrada y no podía forzar la cerradura por que temía consecuencias inesperadas. Volvió a la nevera, sacó los huevos, el queso y un poco de leche y desayunó en el mismo rincón, en la misma postura acurrucada y temeroso, todo por el bien de su digestión.
En la tarde, sentado en la silla del estudio, mientras miraba el computador en desuso, escuchó unos ruidos rechinantes que venían de afuera, algunas fauces babeantes se imaginó, acompañadas de garras hasta el suelo, y de otros horrores inesperados. Comenzó a sudar, no sabía qué hacer, se dijo a sí mismo: debo esconderme, debo esconderme. Fue hacia las escaleras, antes de dar el primer paso al primer escalón, esperó sólo para asegurarse que los sonidos guturales realmente se dirigían a esa casa y no a otra, cuando el metal repicó justo atrás de la puerta de salida, no tuvo dudas, y subió tambaleándose, se encerró de nuevo en su habitación, aseguró la puerta, y con tristeza vio a través de la ventana como la bestia entraba de nuevo en la casa.
Después de todo no la habían matado, los guardianes se habían equivocados, y él temía que el regreso de la bestia estuviera marcado por nuevas expresiones de violencia, más temibles que las anteriores, mas aterradoras y agresivas. Pegó su oído al suelo sólo para indagar en donde se encontraba, notó ,por los sonidos entrecortados, que la bestia debía estar herida y que se escurría de manera pausada por los lugares de la casa. Se dijo a sí mismo: esta es mi oportunidad, esta es mi oportunidad. Escuchó también el sonido de las pisadas subiendo por las escaleras y luego, como siempre, la respiración, pero esta vez era una respiración resignada, cansada, afligida por una herida que él no imaginada, cómo habían herido a la bestia? ¿Quien lo había hecho, y lo mejor aun, fue posible hacerlo? eran preguntas que le rondaban en la cabeza mientras seguía con su oído la posición del animal despiadado, éste entró a su habitación.
Minutos después se escuchó de nuevo la puerta de salida, él supuso que serían los guardianes, entrando de manera apremiante, cargados de alcohol, vendas antisépticas, infusiones extrañas, capaces de sanar cualquier herida, y no se equivocó. Los sonidos de cadenas rechinando le afirmaron que sí se trataba de los guardianes, y que sí llevaban un tipo de cargamento y que sí se dirigían a la habitación de la bestia. Él se sentó en el suelo, respiró pausadamente, y entre lágrimas miró de nuevo la luz que pasaba por la ventana.
Después de esos días la furia de la bestia fue en aumento a medida que los días pasaban y que su cuerpo sanaba, algunas veces se acercaba a su puerta con llave y era capaz de rasguñarla, de darle unos golpes y hasta de emitir rugidos inesperados que le congelaban la sangre y lo dejaban postrado y temeroso. Ya no tenía planes, ni siquiera un atisbo de valor que le permitiera efectuar una maniobra suicida en busca de su libertad, ahora su rutina de alimentación era mas escasa, por el miedo que sentía a daños irreparables, casi no comía y sus costillas ya lucían evidentes debajo de la piel. Si seguía así moriría de hambre y se dijo: pues mejor morir, pues mejor morir. Miró por la ventana, intento distraerse siguiendo el movimiento del pastal que tenía al otro lado de la ventana, pero la culpa, la culpa se le venía encima y le producía efectos nocivos en todos sus nervios.
Fue esa noche, esa noche cuando se encontró de nuevo, de frente con la bestia, que las cosas cambiaron del todo. Él estaba ansioso, tenía mucha hambre y había estado esperando todo el día a que los ronquidos de la bestia comenzaran, para así escabullirse hasta la cocina y agarrar cualquier alimento, cualquiera, no importaba cual. Cuando abrió la puerta, notó que el pasillo estaba iluminado a medias por la luz de una luna muy grande que se filtraba por la ventana de su habitación. Caminó con cuidado hacia las escaleras y sintió una respiración escasa al lado de su oído, supuso que debía ser algún miedo neurótico, no le prestó atención y el hambre pudo mas que el miedo, así que bajó, se dirigió directamente a la cocina sin echar su mirada habitual a la puerta de salida. Estando en la cocina agarró unos huesos de pollo a medio comer y se atragantó con la carne restante adherida al hueso y con las cutículas que devoraba con las ansias de un animal.
Debió escuchar los pasos, pero no, porque él estaba al parecer en trance, quería ingerir alimento y al momento de hacerlo sus oídos se volvieron sordos, por esto no escuchó a la bestia que bajó haciendo todo el ruido posible, dando pisotones, y golpeando las paredes. Cuando él miró hacia atrás la vio de frente, a media luz, con los atisbos de sus rasgos que el claroscuro de la noche le proporcionaba, pudo notar que el ceño de la bestia estaba muy hundido en la frente, y supuso que ese era un mal presagio. Se agazapo y dio varios pasos hacia atrás, intentó esconderse en un rincón, pero estaba a merced de lo que su agresor quisiera hacerle, éste primero se deleitó ladrándole encima, echándole todo el miedo posible, efectuando golpes falsos que sólo daban al aire y que tenían la intención de mellar aún mas su ánimo. Él se dijo: ahora sí, ahora sí.
Cuando gritó: !No le tengo miedo, todo ha sido culpa suya! lo hizo casi como en un delirio, en un delirio final y agonizante, la bestia se detuvo por un momento después de escuchar esto, se mostró primero sorprendida, luego furiosa y comenzó a emitir los rugidos mas ruidosos que tenía en su repertorio. Él se puso de pié y agarró un cuchillo de la repisa, lo agarró con los dedos y el pulso le temblaba tanto que la bestia entre rugidos de odio emitía uno que otro chillido de burla. La bestia le dio un golpe seco en la cara que lo arrojó varios pasos hacia atrás, él, dudando por un momento sintió las turbulencias del impacto, y luego, diciéndose: esta es, esta es, se le lanzó encima, con el cuchillo en ristre, preparado para clavarle una estocada en el abdomen. los dos cayeron rodando por el suelo y a media luz se confundían en una sola sombra, los destellos del cuchillo y de las garras iban y venían mientras seguían ambos a medio fundir rodando por el suelo. Cuando se escuchó un grito tan fuerte de dolor y rabia supo que había vencido, no se sintió victorioso, al contrario, sintió algo de tristeza, tampoco se dirigió a la puerta de salida para reclamar su libertad, no, subió por las escaleras hacia su habitación; cuando daba un paso en el último peldaño se dio cuenta que estaba amaneciendo y que las sombras estallaban contra las paredes desapareciendo. Fue a su habitación hacia la ventana, echó un vistazo al pastizal de afuera y se dirigió al baño. Estando allí orinó un poco y sintió un dolor tan fuerte en el estómago que casi pierde el equilibrio, volteó alarmado hacia el espejo sin darse cuenta que el chorro de orina seguía saliendo y que ahora manchaba todo el suelo.
Al verse al espejo soltó un grito tan fuerte, tan fuerte, que en ese momento supo que su victoria había sido total. Su estómago estaba herido de muerte por obra de la hoja larga de un cuchillo de cocina, su ceño fruncido se asemejaba al que habíha visto en medio de la penumbra y sus manos vueltas garras no podían ni siquiera moverse por la sorpresa. Al escuchar un sonido en la puerta de salida supuso varias cosas: que los guardianes entrarían y encontrarían dos bestias en la casa, ambas muertas, que los guardianes entrarían y encontrarían una sola bestia muerta en la casa, que los guardianes entrarían y encontrarían a una bestia muerta en el baño de arriba y al otro al él muerto cerca a la cocina, supuso también otras cosas, varias anomalías que había presenciado en los últimos días, o en todos los días, le hicieron preguntarse otras tantas preguntas, no supo qué responder y se desplomó en el suelo sintiendo el último ardor de su propia orina metiéndosele por la herida.